antes de que los jóvenes supieran nada al respecto, presentarse y proponer matrimonio. Pero las solteronas y las damas pensaban casi lo mismo del joven siberiano.
«Sin duda ese es con el que estoy destinada a casarme», pensó una solterona que llevaba ocho años saliendo a buscar marido.
—Sin duda fue lo mejor que ese estúpido oficial de la Guardia de Caballería no me propusiera matrimonio. Con seguridad habría sido infeliz.
«Bueno, volverán a ponerse amarillas de envidia si esta también se enamora de mí», pensó una joven y bonita dama.
Se habla mucho del provincianismo de los pueblos pequeños, pero no hay nada peor que el provincianismo de las clases altas. No hay personas nuevas allí, y la alta sociedad está preparada para recibir a toda clase de personas nuevas, si llegaran a hacer su aparición; pero rara vez, raras veces se les reconoce como pertenecientes a su círculo y son aceptados, como fue el caso de los Labázov, y la sensación producida por ellos es más fuerte que en un pueblo de provincia.