El joven llamado Delesof volvió al salón. El músico estaba ahora de pie junto a la puerta y, al posar los ojos en los bailarines, demostró con su sonrisa y con el golpeteo de su pie cuánto placer le proporcionaba aquel espectáculo.
—¿No quiere venir a bailar usted también? —le dijo uno de los invitados. El músico hizo una reverencia y miró a la anfitriona de manera inquisitiva.
“Vamos, vamos. ¿Por qué no, ya que los caballeros la han invitado?”, dijo la anfitriona.
El rostro delgado y débil del músico adquirió de repente una expresión de decisión; y sonriendo, guiñando un ojo y arrastrando los pies, se unió torpe y desgarbadamente a los bailarines en la sala.
En medio de una cuadrilla, un apuesto oficial, que bailaba muy hermosamente y con gran alegría, golpeó por accidente la espalda del músico. Sus piernas débiles y cansadas perdieron el equilibrio; y el músico, haciendo infructuosos esfuerzos por mantenerse en pie, dio con sus huesos en el suelo.
A pesar del sonido seco y duro que produjo su caída, casi todo el mundo se echó a reír en un primer momento.
Pero el músico no se levantó. Los invitados enmudecieron, incluso el piano dejó de sonar. Delesof y la anfitriona fueron los primeros en llegar hasta el músico prostrado. Yacía apoyado sobre el codo, mirando sombríamente el suelo.
Cuando lo hubieron incorporado y sentado en una silla, echó su cabello hacia atrás de la frente con un rápido movimiento de su mano huesuda, y comenzó a sonreír sin responder a las preguntas que le hacían.
“¡Señor Albert! ¡Señor Albert!”, exclamó la anfitriona. “¿Se lastimó? ¿Dónde? Si ya le había dicho que era mejor que no intentara bailar. … Es