feu —la gente me querría, me respetaría no solo por mi apellido—; luego recibiría una cruz, me haría suboficial y al final se me indultaría, y regresaría, et, vous savez, avec ce prestige du malheur! Pero quel désenchantement!* ¡No te imaginas cuán equivocado estaba!... ¿Conoces el círculo de oficiales de nuestro regimiento? —Se detuvo un momento, esperando probablemente que yo dijera que sabía lo mala que es aquí la sociedad de los oficiales; pero no le respondí. Me repugnaba que —sin duda debido a que sabía francés— supiera suponer que yo debía despreciar a la oficialidad, la cual, por el contrario, yo, habiendo vivido largo tiempo en el Cáucaso, había llegado a apreciar plenamente, y a la que estimaba mil veces más que a la sociedad que el señor Guskov había dejado atrás. Quería decírselo, pero su situación me frenó.
—En el regimiento N⸺ el ambiente de oficiales es mil veces peor que aquí —continuó—, j’espère que c’est beaucoup dire, ¡de modo que no se puede ni imaginar cómo es! Por no hablar de los cadetes y los soldados, ¡es sencillamente horrible! Al principio me recibieron bien, eso es perfectamente verdad, pero después,