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nydus/Short FictionPublic
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Lucerna

mandó callar, diciendo que yo tenía razón, pero al mismo tiempo instándome a que me calmara.

“Der Herr hat Recht; Sie haben Recht”, repetía una y otra vez. El rostro del bulaquero presentaba una expresión de lo más lastimosa y aterrorizada; y, por lo visto, no comprendía por qué estaba yo enfadado ni qué quería: y me instaba a dejarle marchar lo antes posible.

Pero la elocuencia de la ira ardía en mí cada vez más. Lo comprendía todo: la muchedumbre que se había divertido a su costa y sus oyentes que no le habían dado nada; y ni por todo el oro del mundo habría guardado silencio.

Creo que, si los camareros y el botones no hubieran sido tan sumisos, me habría encantado tener un enfrentamiento con ellos, o propinarle un bastonazo en la cabeza a la indefensa dama inglesa. Si en ese momento hubiera estado en Sebastópol, me habría encantado dedicarme a masacrar y matar en la trinchera inglesa.

—¿Y por qué nos llevó a este caballero y a mí a esta habitación y no a la otra? ¿Por qué? —le atroné al botones, cogiéndolo del brazo para que no pudiera escaparse de mí.

—¿Qué derecho tenía usted a juzgar por su aspecto que a este caballero hay que atenderlo en esta habitación y no en aquella? ¿Acaso no tienen todos los huéspedes que pagan los mismos derechos en los hoteles? ¡No solo en una república, sino en todo el mundo! ¡Su maldita república!… ¡Igualdad, ni qué niño muerto! ¡No se atrevería usted a llevar a un inglés a esta habitación, ni siquiera a esos ingleses que han escuchado a este caballero gratis; es decir, que le han robado, cada uno de ellos, los pocos céntimos que debían habérsele dado! ¿Cómo se atrevió a llevarnos a esta habitación?

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