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nydus/Short FictionPublic
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XII

poderosos hombros como si estuviera perplejo por lo que sucedía a su alrededor. Trezórka, con el pelo erizado, sin ser en absoluto consciente de que era la causa de toda esta desgracia, le ladraba furioso al comisario. Cuando vio a Albína, Migúrski dio un sobresaltó y quiso acercarse a ella, pero los soldados se lo impidieron.

—No importa, Albína, ¡no importa! —dijo Migoúrski con su habitual y apacible sonrisa.

—¡Ah! ¡Aquí está la misma señorita! —dijo el jefe de policía—. Venga aquí, por favor... ¿Los ataúditos de sus infantes, eh? —añadió, guiñándole un ojo a Miguórski. Albína no respondió, sino que, aferrándose el pecho, miró con la boca abierta y aterrorizada a su esposo.

Como ocurre en el momento de la muerte, y en general en los momentos decisivos de la vida, una multitud de sentimientos y pensamientos cruzaron por su mente en un solo instante, antes de que aún se hubiera dado cuenta de su desgracia o de haberla creído del todo. El primero de los sentimientos le resultaba ya familiar desde hacía tiempo: un sentimiento de orgullo herido al ver a su marido, su héroe, humillado por aquella gente grosera y salvaje que ahora lo tenía en su poder. > «¿Cómo se atreven a tenerlo en su poder —a él, al mejor de todos los hombres—?» Al mismo tiempo, otro sentimiento —la consciencia de la desgracia— se apodero de ella. Esta consciencia de su desgracia despertó el recuerdo de la mayor desgracia de su vida: la muerte de sus hijos. Y de inmediato surgió la pregunta: > «¿Por qué —por qué se llevaron a

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