—¡Sube, ya está todo listo! —me llamó Alioshka desde el trineo delantero.
La ventisca era tan tremenda que solo mediante mis mayores esfuerzos, doblado en dos y aferrando las faldas de mi abrigo con ambas manos, logré abrirme paso entre la nieve arremolinada, que el viento levantaba bajo mis pies, y dar los pocos pasos que me separaban del trineo.
Mi antiguo cochero estaba arrodillado en medio del trineo vacío, pero al verme se quitó su gran gorra; momento en el que el viento se abalanzó furioso sobre su cabello. Me pidió algo para beber, aunque muy probablemente no esperaba que le diera nada extra, pues mi negativa no lo decepcionó en lo más mínimo. También me lo agradeció, se puso la gorra y me dijo: «¡Bueno, mucha suerte, señor!», y tirando de las riendas y chasqueando la lengua a sus caballos, se alejó de nosotros.
Después de aquello, Ignashka también, con un impulso de todo su cuerpo hacia adelante, gritó a sus caballos. De nuevo el sonido del crujir de los cascos, los gritos y los cascabeles reemplazó al sonido del aullido del viento, que se oía con mayor claridad cuando estábamos detenidos.
Durante un cuarto de hora después de ponerme en marcha no me dormí, sino que me entretení observando las figuras de mi nuevo cochero y mis caballos. Ignashka iba sentado muy derecho, dando saltos sin cesar, agitando el brazo con el látigo sobre los caballos, gritando, chocando una pierna contra la otra y echándose hacia adelante para arreglar la braguera del caballo de vara, que no paraba de deslizarse hacia el lado derecho.