Los demás caballeros subieron a los otros dos trineos junto con el resto de los hombres y mujeres gitanos. Las troikas se pusieron en paralelo al salir del hotel, y los gitanos rompieron a cantar en coro.
Los trineos, entre canciones y cascabeles, obligando a todos los carruajes que se cruzaban a subirse casi a las aceras, atravesaron la ciudad entera directo hasta las puertas de la misma.
No poco asombrados quedaron los comerciantes y transeúntes que no los conocían, y en especial aquellos que sí, al ver a los nobles pasearse por las calles a plena luz del día con canciones, gitanas y gitanos borrachos.
Cuando hubieron pasado las puertas de la ciudad, las troikas se detuvieron y todos comenzaron a despedirse del conde.
Ilyín, que había bebido bastante en la despedida y había conducido el trineo todo el camino, de repente se puso muy triste, suplicó al conde que se quedara un día más y, al ver que esto era imposible, se abalanzó de forma totalmente inesperada sobre su nuevo amigo, lo besó y prometió entre lágrimas intentar, tan pronto como regresara, pedir el traslado al regimiento de húsares en el que servía el conde.
El conde estaba especialmente alegre; tiró al montubio jinete, que se habia vuelto muy confianzudo por la mañana, sobre un montón de nieve; azuzó a Blücher contra el comisario de policía, tomó a Styóshka en brazos y quiso llevársela a Moscú, y por fin, saltando a su trineo, hizo que Blücher, que quería irse de pie en el medio, se sentara a su lado.
Sáshka saltó al pescante, después de haberle pedido de nuevo al jinete que recuperara la capa del conde y se la enviara.
El conde gritó: «¡Arre!», se quitó la gorra, la agitó sobre su cabeza y silbó a los caballos al estilo de los postillones.
Las troyas partieron por caminos diferentes.