Casi tropezando con el príncipe, la joven esposa dejó la tina precipitadamente, mostró un poco de vergüenza, hizo una reverencia y luego, con los ojos brillantes, lo miró y, esforzándose por ocultar una ligera sonrisa tras la manga de su camisa bordada, subió corriendo los escalones, haciendo ruido con sus zuecos de madera.
—Madre, llévale el yugo con los cubos de agua a la tía Nastasia —dijo ella, deteniéndose en la puerta y dirigiéndose a la anciana.
El modesto joven propietario miró severa pero escrutadoramente a la mujer sonrosada, frunció el ceño y se volvió hacia la anciana, la cual, aferrando el yugo con sus dedos curvos, lo alzó subisivamente sobre su hombro y se disponía a dirigir sus pasos hacia la choza contigua.
—¿Su hijo en casa? —preguntó el príncipe.
La anciana, con su silueta encorvada aún más que de costumbre, hizo una reverencia e intentó decir algo en respuesta, pero, llevándose repentinamente la mano a la boca, le dio un ataque de tos tal que Nejliúdov, sin esperar, entró en la choza.
Yujvanka, que había estado sentado en el banco del «rincón rojo», al ver al príncipe, se precipitó sobre el horno, como si estuviera deseoso de esconderse de él, escondió apresuradamente algo en el altillo y, con la boca y los ojos contraídos, se apretó contra la pared, como para dejar paso al príncipe.
Yujvanka era un muchacho de tez clara, de treinta años, enjuto, con una barba joven y puntiaguda. Era bien proporcionado y más bien apuesto, a excepción de la desagradable expresión de sus ojos color avellana, bajo el