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IX. Davidka Byélui

seguía tan mal como siempre. Y Davidka, le aseguro a su excelencia, es un campesino respetuoso de la ley y un campesino de rápido entendimiento; es decir, no fuma y no bebe —explicó Yakof—; y, sin embargo, es peor que el otro que se emborracha. No hay otra cosa que hacer con él que reclutarlo como soldado o mandarlo a Siberia. Todos los Kazyól son iguales; y la pequeña Matriushka, que vive en el pueblo, pertenece a su familia y es de la misma ralea de malditos buenos para nada. ¿No le apetece que me quede aquí, su excelencia? —inquirió el mayoral, al percatarse de que el príncipe no estaba prestando atención a lo que decía.

—No, vete —respondió Nejliúdov con distracción y encaminó sus pasos hacia el de Davidka Bieli.

La choza de Davidka se erguía torcida y sola en el extremo mismo del pueblo. No tenía ni corral, ni secadero de maíz, ni granero. Solo una especie de establos sucios para el ganado estaban adosados a un lado. Al otro se amontonaba un montón de broza y leña, a modo de corral.

Crecía alta hierba verde de la estepa en el lugar donde debió de haber estado el patio.

No se veía ninguna criatura viviente cerca de la choza, excepto una cerda que yacía en el lodo del umbral y gruñía.

Nejlúdov golpeó en la ventana rota; pero como nadie respondía, entró en el recibidor y gritó: «¡Eh, hay alguien!».

Esto tampoco obtuvo respuesta. Pasó por la entrada, ojeó los establos vacíos y entró en la choza abierta.

Un viejo gallo rojo y dos gallinas con gorgueras escarbaban con las patas y se paseaban pavoneándose por el suelo y los bancos. Cuando vieron a un hombre, extendieron las alas y, cacareando con terror, volaron contra las paredes, y una se refugió en el horno.

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