Durante la Pascua de Resurrección, un campesino salió a ver si la tierra ya se había deshelado por completo.
Entró en el jardín y tocó la tierra con un bastón. La tierra estaba blanda. El campesino se adentró en los bosques; allí los amentos ya se estaban hinchando en los sauces. El campesino pensó:
“¡Cercaré mi jardín con sauces; crecerán y formarán un buen seto!”
Tomó su hacha, cortó una docena de sauces, los afiló por el extremo y los clavó en el suelo.
Todos los sauces echaron brotes con hojas, y bajo tierra lanzaron justamente tales brotes a modo de raíces; y algunos de ellos se aferraron al suelo y crecieron, y otros no se aferraron bien al suelo con sus raíces, y murieron y cayeron.
En otoño, el campesino se alegró al ver sus sauces: seis de ellos habían prendido. En la primavera siguiente, las ovejas mataron dos sauces al roerlos, y solo quedaron dos. En la primavera próxima, las ovejas mordisquearon también a estos. Uno de ellos quedó arruinado por completo, y el otro se recuperó, prendió y llegó a ser un árbol.
En la primavera, las abejas zumbaban en el sauce. En época de enjambrazón, los enjambres se ponían a menudo sobre el sauce, y los campesinos los sacudían para hacerlos entrar. Los hombres y las mujeres comían y dormían frecuentemente bajo el sauce, y los niños se trepaban a él y le arrancaban varas.
El campesino que había plantado el sauce hacía mucho que había muerto, y este aún crecía.