el suave roce de una mano sobre su hombro.
—Es mi amada, es ella —pensó—. ¡Qué lástima haberme quedado dormido!
Pero no era ella. Ante sus ojos, muy abiertos y parpadeantes ante la luz, no estaba ella, aquella criatura encantadora y hermosa que estaba esperando, sino que estaba él.
Quién era, el joven zar no lo sabía, pero de algún modo no le pareció que fuera un extraño a quien nunca antes hubiera visto. Le parecía como si lo conociera desde hacía mucho tiempo y le tuviera afecto, y como si confiara en él del mismo modo que confía en sí mismo.
Había estado esperando a su amada esposa, pero en su lugar había venido aquel hombre a quien nunca antes había visto. Sin embargo, para el joven zar, que estaba muy lejos de sentir arrepentimiento o asombro, aquello le pareció no solo lo más natural, sino también algo necesario que debía suceder.