como antes, invitó a amigos a jugar a las cartas y trató de escaparse al club o a casa de sus conocidos. Pero su mujer comenzó en una ocasión con tal energía, insultándolo con palabras tan groseras y persistiendo con tanta terquedad en sus improperios cada vez que él no cumplía con sus exigencias —decidida evidentemente a no ceder hasta que él bajara la guardia, es decir, hasta que se quedara en casa y se aburriera tanto como ella—, que Iván Ilich se alarmó. Comprendió que el matrimonio, al menos con su mujer, no siempre contribuía a los placeres y decoros de la vida, sino que, por el contrario, a menudo los destruía, y que, por tanto, era fundamental erigir alguna barrera para protegerse de estas perturbaciones. Y Iván Ilich comenzó a buscar tales medios de protección. Sus obligaciones oficiales eran lo único que impresionaba a Praskovía Fiódorovna, y Iván Ilich empezó a utilizar su cargo y los deberes que este imponía en su lucha contra su esposa para aislar su propio mundo independiente.
Con el nacimiento del bebé, los intentos de amamantarlo y los diversos experimentos fallidos con la comida, con las enfermedades, reales e imaginarias, del infante y de su madre, en las que se esperaba que Iván Ilich simpatizara, aunque nunca tuviera la menor idea sobre ellas, la necesidad de blindarse un mundo aparte fuera de su vida familiar se volvió aún más imperativa.
A medida que su esposa se volvía más irritable y exigente, Iván Ilich trasladaba más y más el centro de gravedad de su vida a su trabajo oficial. Le fue tomando cada vez más gusto a la vida oficial y se volvió más ambicioso de lo que había sido.
Muy pronto, a más tardar un año después de su boda, Iván Ilich se había dado cuenta de que la vida conyugal, si bien proporcionaba ciertas comodidades, era en realidad un asunto muy enrevesado y difícil hacia el cual uno debía, si quería cumplir con su deber, es decir, llevar una vida decorosa aprobada por la sociedad, trazarse una línea de conducta definida, exactamente igual que en el servicio público.