Eugène pasaba la mayor parte del tiempo junto al lecho de su esposa, hablándole, leyéndole y, lo que era más difícil de todo, soportando sin murmurar las acometidas de Varvára Alexéevna, e ingeniándose incluso para tomarlas a broma.
Pero no podía quedarse todo el tiempo en casa.
- En primer lugar, su mujer lo echaba, diciéndole que enfermaría si se quedaba siempre con ella;
- y en segundo lugar, la explotación agrícola avanzaba de un modo que exigía su presencia a cada paso.
No podía quedarse en casa, sino que tenía que estar en los campos, en el bosque, en el huerto, en la era; y en todas partes lo perseguía no solo el pensamiento, sino la imagen vívida de Stepanída, y solo de vez en cuando la olvidaba.
Pero eso no habría tenido importancia, tal vez habría podido dominar su sentimiento; lo peor de todo era que, mientras que antes había vivido meses enteros sin verla, ahora se la encontraba continuamente.
Ella comprendía evidentemente que él deseaba reanudar las relaciones con ella y procuraba cruzarse en su camino.
No decían nada ni él ni ella, y por eso ni él ni ella iban directamente a una cita, sino que solo buscaban la ocasión de encontrarse.
El lugar más probable para que se encontraran era el bosque, adonde las campesinas iban con sacos a recoger hierba para sus vacas. Eugène lo sabía y por eso iba allí todos los días. Todos los días se decía que no iría, y todos