Cuando comencé a demostrar que los propios mercaderes de estos productos intelectuales se acusaban mutuamente de estafa todo el tiempo, cuando recordé que en todos los tiempos, bajo el nombre de arte y ciencia, se ofreció a los hombres mucho de malo y dañino, y que por consiguiente en nuestro tiempo también nos amenazaba el mismo peligro, que esto no era una broma, que el veneno para el alma era muchas veces más peligroso que el veneno para el cuerpo, y que por lo tanto estos productos espirituales debían examinarse con la mayor atención cuando se nos ofrecían en forma de alimento, y que todo lo falso y nocivo debía rechazarse —cuando comencé a decir esto, nadie, nadie, ni un solo hombre en un solo artículo o libro respondió a estos argumentos, sino que desde todas las tiendas se elevó un coro de gritos en mi contra como contra un insensato:
«¡Es un necio! ¡Quiere destruir el arte y la ciencia de los que vivimos! ¡Cuidado con él y no le hagáis caso! ¡Escuchadnos, escuchadnos! ¡Tenemos las mercancías extranjeras más novedosas!».