hay un hombre, un hombre muy desagradable, que me ganó a las cartas, y me lo está recordando por tercera vez… No puedo dárselo por ahora… ¡Una carta estúpida!”, dijo el conde, visiblemente irritado por el recuerdo.
Después de estas palabras, ambos oficiales guardaron silencio un momento. El corneta, que evidentemente estaba bajo la influencia del conde, miraba de vez en cuando el apuesto aunque nublado rostro de Túurbin —el cual miraba fijamente hacia la ventana—, bebía su té en silencio y no se atrevía a iniciar una conversación.
—Pero, ¿sabe?, puede salir a pedir de boca —dijo el conde, con una sacudida de cabeza, volviéndose de repente hacia Pólozov—. Suponiendo que este año nos asciendan por antigüedad y tomemos parte en alguna acción además. Puede que me adelante a mis propios capitanes de la Guardia.