El muchacho contempló todo esto con sorpresa y luego continuó su camino.
Al salir del bosque, llegó a un gran jardín en medio del cual se alzaba un altísimo palacio con un tejado de oro.
En la puerta estaba su padrino, sonriendo. Dio la bienvenida a su ahijado y lo condujo a través de la entrada hacia el jardín. El muchacho nunca había soñado con tanta belleza y deleite como los que lo rodeaban en aquel lugar.
Entonces su padrino lo condujo al palacio, que por dentro era aún más hermoso que por fuera. El padrino le mostró al muchacho todas las habitaciones: cada una más luminosa y elegante que la anterior, pero al fin llegaron a una puerta que estaba sellada.
—Ves esta puerta —dijo—. No tiene cerradura, solo está sellada. Se puede abrir, pero te prohíbo que la abras. Puedes vivir aquí, e ir a donde te plazca, y disfrutar de todas las delicias del lugar. Mi única orden es: ¡no abras esa puerta! Pero si alguna vez llegaras a hacerlo, recuerda lo que viste en el bosque.
Habiendo dicho esto, el padrino se marchó.
El ahijado se quedó en el palacio, y la vida allí era tan luminosa y alegre que le pareció que solo había estado allí tres horas, cuando en realidad llevaba treinta años viviendo allí.
Cuando hubieron pasado treinta años, dio la casualidad de que el ahijado pasó junto a la puerta sellada un día, y se preguntó por qué su padrino le había prohibido entrar en esa habitación.