ha perdido más de quince mil rublos, contando las cosas que ha perdido. ¡Y con qué autodominio solía jugar antes! Hasta el punto de que ese oficial tuyo parecía dudar incluso de su honor.
“Oh, no quiso decir nada. … Nikita, ¿nos queda vino del Cáucaso?”, pregunté, sintiéndome muy aliviado por la locuacidad de Gúskov. Nikita volvió a refunfuñar, pero de todos modos nos trajo el vino y, de nuevo con aire de enojo, observó a Gúskov apurar su copa.
En los modales de Gúskov volvió a hacerse patente su anterior despreocupación. Yo deseaba que se fuera, y pensaba que se detenía solo porque no le gustaba retirarse inmediatamente después de recibir el dinero. Guardé silencio.
—¿Cómo pudo usted, teniendo los medios a su alcance y ninguna necesidad, de gaieté de cœur decidirse a venir a servir en el Cáucaso? Eso es lo que no entiendo —dijo.
Intenté justificarme por este paso que le parecía tan extrañó.
“Puedo imaginar lo desagradable que debe de ser también para usted la compañía de estos oficiales, hombres sin noción de educación alguna. Es imposible que ustedes y ellos se comprendan. Vaya, usted puede vivir aquí durante diez años, y aparte de las cartas, el vino y la charla sobre ascensos y campañas, no verá ni oirá nada”.
No me gustó que estuviera tan seguro de que yo compartía su opinión, y le aseguré con perfecta sinceridad que me gustaban mucho los naipes y el vino, y las charlas sobre campañas, y que no deseaba mejores camaradas que los que tenía. Pero no quiso creerme.
—Oh, no lo dice en serio —continuó—; y la ausencia de mujeres —quiero decir femmes comme il faut—, ¿no es eso una privación terrible? No sé lo que daría por transportarme a un salón en este momento y echar un vistazo, aunque sea por una rendija, a una mujer encantadora.