—Ah, querido capitán, ¿está usted también aquí? —dijo él, volviéndose hacia Trosenko.
A pesar de la oscuridad, el nuevo visitante se abrió paso hasta el capitán y, para extrema sorpresa y consternación de este, según me pareció a mí, lo besó en los labios.
“Esto es un alemán intentando hacerse el amiguero”, pensé.