—Dije que no lo haría. ¡Esto es muy extraño, Conde! Y no es nada apropiado venir a ponerle un cuchillo en la garganta a un hombre —observó Loúhnof, sin levantar los ojos.
Siguió un breve silencio, durante el cual el rostro del Conde se fue poniendo cada vez más pálido. De repente, un golpe terrible en la cabeza dejó aturdido a Loúhnof. Cayó sobre el sofá intentando agarrar el dinero, y lanzó un grito tan desgarradoramente desesperado como nadie habría podido esperar de una persona tan serena e imponente.
Toúrbin recogió el dinero que había sobre la mesa, hizo a un lado al sirviente que acudió en ayuda de su amo y salió de la habitación a paso rápido.
—¡Si quiere satisfacción, estoy a sus órdenes! Estaré aquí media hora más —dijo el conde, volviendo a la puerta de Lunof.
«Ladrón, bandido, voy a hacer que caiga sobre ti todo el peso de la ley…» era lo que se oía desde la habitación.
Ilyín, que no había prestado atención a la promesa del conde de ayudarlo, seguía tumbado como antes en el sofá de su habitación, ahogado en lágrimas de desesperación. La conciencia de la realidad, que había sido evocada —surgiendo de entre la extraña maraña de sentimientos, pensamientos y recuerdos que llenaban su alma— por las caricias y la simpatía del conde, no lo abandonaba. Su juventud, rica en esperanza, su honor, el respeto público, sus sueños de amor y amistad: todo estaba irremediablemente perdido. La fuente de sus lágrimas comenzó a secarse, un sentimiento de desesperanza demasiado pasivo lo dominaba cada vez más, y la idea del suicidio, que ya no despertaba repulsión ni horror, reclamaba su atención con creciente frecuencia. Justo en ese momento se oyeron los pasos firmes del conde.