El joven propietario deseaba evidentemente hacer algunas preguntas más a los campesinos. No se movió del banco y miraba con indecisión, ora a Churis, ora a la estufa vacía y sin encender.
—Bueno, ¿ya has cenado? —preguntó al fin.
Una sonrisa burlona acudió a los labios de Churis, como si le pareciera ridículo que su amo hiciera preguntas tan necias; no respondió nada.
—¿Qué quiere decir con lo de la cena, bienhechor? —dijo la anciana, suspirando profundamente—. Hemos comido un poco de pan; esa es nuestra cena. Hoy no pudimos conseguir verduras para hacer una sopa, pero teníamos un poco de kvas, suficiente para los niños.
“Hoy ha sido día de ayuno para nosotros, excelencia —observó Churis con sarcasmo, retomando las palabras de su mujer—.
Pan y cebollas; así es como vivimos los campesinos. Sea como fuere, alabado sea el Señor, todavía me queda un poco de grano, gracias a vuestra bondad; ha durado hasta ahora; pero hay un montón de campesinos nuestros que no tienen nada. Por todas partes hay escasez de cebollas. Hace apenas uno o dos días mandaron a buscar a Mijáil el jardinero para conseguir un manojo por un kópek: no se encontraba en ningún lado. Casi no he pisado la iglesia de Dios desde Pascua. No he tenido con qué comprar una vela para Mikola [San Nicolás].”
Nechlúdov, ni por referencias ni por confianza en las palabras ajenas, sino por la evidencia de sus propios ojos, conocía desde hacía tiempo la