El joven recluta levantó de repente la cabeza con el gorrito rojo, miró fijamente durante un minuto por encima del fuego a Maksimov y a mí, luego volvió a dejar caer la cabeza rápidamente y se arropó con su capote.
—Vea, pues, no fue en vano que la muerte le hubiera puesto la mano encima cuando tuve que despertarlo en el «parque» esta mañana —dijo Antónov.
—¡Tonterías! —dijo Zhdánov, removiendo el tizón humeante, y todos guardaron silencio.
Entonces, en medio del silencio general, se oyó la detonación de un fusil en el campamento situado a nuestras espaldas. Nuestros tambores respondieron con un redoble. Cuando cesó la última vibración, Zhdanov fue el primero en levantarse, quitándose la gorra. Todos seguimos su ejemplo.
A través del profundo silencio de la noche se elevó un coro armonioso de voces varoniles:
“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.”
—Tuvimos un hombre en el 45 que salió herido en el mismo lugar —dijo Antónov, cuando nos pusimos las gorras y volvimos a sentarnos junto al fuego—. Lo llevamos con nosotros sobre un afuste de cañón durante dos días —¿te acuerdas, Shevchenko, Zhdánov?— y luego simplemente lo dejamos allí, bajo un árbol.
En ese momento se acercó a nuestra fogata un infante con enormes patillas y bigotes, que llevaba un mosquete y una cartuchera.
—Dadme fuego para la pipa, camaradas —dijo él.