“Pero eso ya lo tiene ella, debería usted saberlo, Vasili Dmítrich. Una persona no puede vivir sin pulmones, y los pulmones no vuelven a crecer. Es angustioso y terrible, pero ¿qué se le va a hacer? Mi deber y el suyo es simplemente procurar que su final sea lo más apacible posible. Ahora el que hace falta es el sacerdote”.
“¡Oh, Dios mío! Pero imagine mi situación, teniendo que hablarle del último sacramento. Pase lo que pase, no puedo decírselo. Ya sabe lo buena que es”.
—Debe usted intentar, a pesar de todo, persuadirla de que espere hasta que los caminos estén congelados —dijo el doctor, negando con la cabeza de manera significativa—, o podríamos tener una desgracia en el camino.
—¡Aksyusha, eh, Aksyusha! —chilló la hija del mayoral, echándose una chaqueta por la cabeza y pisoteando los sucios escalones traseros de la posta—; vamos a echarle un vistazo a la señora de Shirkino; dicen que se la llevan al extranjero por los pulmones. Nunca he visto cómo es la gente con tisis.
Aksyusha salió de un salto por la puerta, y del brazo corrieron junto al aojamiento. Aflojando el paso, pasaron junto al carruaje y se asomaron por la ventanilla bajada. La enferma volvió la cabeza hacia ellos, pero al notar su curiosidad, frunció el ceño y se apartó.
—¡Santo cie-e-lo! —dijo la hija del mayoral, apartando la cabeza con rapidez—. Tan maravillosamente hermosa que era, y en qué se ha convertido ahora. Como para dar miedo, la verdad. ¿Viste, viste, Aksyusha?