Sin esperar a que pasara el último trineo, mi conductor empezó a girar torpemente y encajó las varas en los caballos atados en la parte trasera de aquel. Un tiro de tres se hizo a un lado, rompió las riendas y salió al galope.
“¡Ah, el diablo bizco no ve hacia dónde da vuelta —derecho contra la gente!… ¡El diablo!”, regañó un cochero bajito con voz ronca y cascada —un viejo, según deduje por su voz y su figura—. Saltó con agilidad del trineo de más atrás y corrió tras los caballos, sin dejar de proferir sus groseros y crueles insultos contra mi cochero.
Pero los caballos no se dejaron atrapar. El viejo corrió tras ellos, y en un momento los caballos y el hombre se desvanecieron en la blanca oscuridad de la tormenta de nieve.
—¡Vasili...i! tráenos la bayoneta aquí; así no hay quien los coja —volvimos a oír su voz.
Uno de los cocheros, un hombre altísimo, bajó del trineo, desató a sus tres caballos, se aupó tirando de la cabeza a uno de ellos y, crujiendo sobre la nieve al trote corto, desapareció en la misma dirección.
En compañía de los otros dos trineos seguimos adelante sin camino, siguiendo al trineo exprés que iba delante a pleno galope con sus cascabeles sonoros.
—¡Qué! ¡Que los coja! —dijo mi cochero, refiriéndose al hombre que había salido corriendo para alcanzar a los caballos—. Si no se junta con los otros caballos por su cuenta —es un animal mañoso—, le va a dar una buena caminata y no lo va a pillar.