—¡Ah, querido mío! —dijo—, ¿por qué nos dejaste, eh? El conde guardaba silencio, evidentemente pensando en otra cosa. —¿Dónde has estado? ¡Ah, pilluelo de conde, ya sé a dónde fuiste!
Por alguna razón, esta familiaridad desagradó a Toúrbin. Sin sonreír, miró en silencio el rostro del militar y de repente le espetó unos insultos tan terribles y groseros que el de caballería se sintió ofendido y, durante un momento, no supo si tomarse la ofensa como una broma o tomársela en serio.
Al fin decidió tomarla a broma, sonrió y volvió con su gitana, asegurándole que sin falta se casaría con ella después de Pascua. Cantaron otra canción y otra más, volvieron a bailar, «saludaron a los invitados» y todos siguieron imaginando que se estaban divirtiendo.
El champán no se acababa nunca. El conde bebió mucho. Sus ojos parecieron humedecerse, pero no perdía el equilibrio. Bailaba aún mejor que antes, hablaba con firmeza, incluso se unía al coro maravillosamente y secundaba a Styóshka cuando esta cantaba «Tiernas emociones de la amistad».
En medio de un baile entró el dueño del establecimiento para pedir a los invitados que regresaran a sus casas, ya que se acercaban las tres de la mañana.
El conde agarró al posadero por la nuca y le ordenó que bailara la danza rusa. El posadero se negó. El conde arrebató una botella de champaña y, tras poner al posadero cabeza abajo y hacer que lo sostuvieran en esa postura, en medio de risas generales vació lentamente la botella sobre él.
Empezaba a amanecer. Todo parecía pálido y gastado, excepto el conde.
—Bueno, debo ponerme en camino hacia Moscú —dijo, levantándose de repente—. ¡Vengan todos conmigo! Vengan a despedirme… y tomaremos un poco de té.