Todo estaba en silencio en la habitación; solo se oía la respiración ruidosa de Kátya en sueños y el tictac del reloj junto a su cama, mientras yo me volvía de un lado a otro y susurraba palabras de oración, o me hacía la cruz y besaba la cruz que llevaba al cuello.
La puerta estaba cerrada y las ventanas con contraventanas; tal vez una mosca o un mosquito zumbaba en el aire. Sentí el deseo de no salir jamás de esa habitación: el deseo de que el amanecer nunca llegara, de que mi estado de ánimo presente no cambiara jamás.
Sentí que mis sueños, mis pensamientos y mis oraciones eran cosas vivas, que vivían allí en la oscuridad conmigo, revoloteando alrededor de mi cama y cerniéndose sobre mí. Y cada pensamiento era su pensamiento, y cada sentimiento su sentimiento. Aún no sabía que aquello era amor; pensaba que las cosas podían seguir así para siempre, y que este sentimiento no entrañaba consecuencias.