En el reinado de Iván Vasílevich el Terrible estaban los ricos mercaderes, los Stróganov, y vivían en Perm, a la orilla del río Kama.
Se enteraron de que a lo largo del río Kama, en un radio de 140 verstas, había buena tierra: el suelo no se había arado en siglos, los bosques no se habían talado en siglos.
En los bosques había muchos animales salvajes, y a lo largo del río, lagos con peces, y nadie vivía en esa tierra, sino que solo los tártaros la atravesaban.
Los Stróganov escribieron una carta al zar:
“Dadnos esta tierra, y nosotros mismos edificaremos en ella ciudades y reuniremos gentes y las estableceremos allí, y no permitiremos que los tártaros pasen por ella”.
El Zar accedió a ello y les dio la tierra. Los Stróganov enviaron dependientes a reunir gente. Y acudió a ellos un gran número de gente errante.
Quien llegaba recibía de los Stróganov tierra, bosque y ganado, y no se cobraba ningún impuesto de arrendamiento. Todo lo que tenían que hacer era vivir y, en caso de necesidad, salir en masa a luchar contra los tártaros.
Así la tierra fue poblada por el pueblo ruso.
Pasaron unos veinte años. Los Stróganov se hicieron aún más ricos, y aquella tierra, de 140 verstas a la redonda, ya no les bastaba. Querían tener más tierras todavía.