“Nosotros, por el contrario, pensamos en aquellas obligaciones de reverencia y amor hacia el prójimo que tenemos sin distinción para con todos los hombres, para con la mayor belleza y la mayor fealdad. Ponemos todos nuestros empeños en educar este sentimiento, y así en nosotros el sentimiento de amor hacia los hombres se impone a la seducción de la belleza, la conquista y aniquila las discordias que surgen de las relaciones sexuales. El cristiano se casa únicamente cuando sabe que su unión con una mujer no le causa a nadie ningún pesar”.
—Pero ¿es esto posible? —interrumpió Julio—. ¿Pueden los hombres regular sus inclinaciones?
“Es imposible si se les ha dado vía libre, pero podemos impedir que se extiendan y crezcan. Tomemos, por ejemplo, las relaciones de un padre con su hija, de una madre con sus hijos, de hermanos y hermanas. La madre para con su hijo, la hija para con su padre, la hermana para con su hermano, no son un objeto de goce personal, sino de amor puro, y las pasiones no se despiertan. Estas solo se despertarían si el padre descubriera que aquella a quien tenía por su hija no era su hija, o la madre que su hijo no era su hijo, o que el hermano y la hermana no eran hermano y hermana; pero incluso entonces esta pasión sería muy débil y humilde, y estaría en manos del hombre reprimirla. El sentimiento lujurioso sería débil, pues se basaría en el del amor maternal, paternal o fraternal. ¿Por qué, entonces, no podéis creer que el sentimiento hacia todas las mujeres pueda ser educado y controlado de modo que se las mire de la misma luz que a madres, hermanas e hijas, y que el sentimiento del amor conyugal pueda surgir sobre la base de un afecto semejante? Así como un hermano permite que el sentimiento de amor hacia la mujer a la que ha considerado su hermana surja solo cuando se ha enterado de