Cada uno ya había descargado su rresaca de fanfarronería y se estaban cansando los unos de los otros; todas las canciones se habían cantado y se habían mezclado en la cabeza de todos, dejando tras de sí una especie de impresión ruidosa y licenciosa. No importaba cuán extraño y audaz fuera lo que alguien hiciera, a todos empezaba a parecerles que no había en ello nada amable ni divertido. El capitán de policía, que yacía en un estado espantoso en el suelo a los pies de una anciana, comenzó a patalear y a gritar: «¡Champán!… ¡Ha venido el conde!… ¡champán… ha venido… venga, champán!… ¡Me daré un baño de champán y me bañaré en él! ¡Nobles señores!… Amo la sociedad de nuestra brava y vieja nobleza… Styóshka, canta “El sendero”».
El militar de caballería también iba bastante achispado, pero de otro modo. Estaba sentado en un sofá en el rincón, muy cerca de una gitana alta y hermosa, Lubásha; y sintiendo los ojos empañados por el alcohol, no dejaba de parpadear y sacudir la cabeza, y, repitiendo las mismas palabras una y otra vez en un susurro, le suplicaba a la gitana que se fugara con él a alguna parte. Lubásha sonreía y escuchaba como si lo que él decía fuera muy divertido y al mismo tiempo bastante triste, y mirando de vez en cuando a su esposo —el bizco Sáshka, que estaba de pie detrás de la silla frente a ella—, en respuesta a las declaraciones de amor del militar, se inclinaba y, susurrándole al oído, le pedía que le comprara un poco de perfume y una cinta a escondidas para que los demás no se enteraran.
«¡Hurra!», gritó el jinete cuando entró el Conde.
El apuesto joven paseaba de un lado a otro de la habitación con pasos laboriosamente firmes y una expresión preocupada en el rostro, tarareando una melodía de La revuelta en el Serrallo. Un patriarca de familia de edad avanzada, tentado a venir a escuchar a los gitanos por las insistentes