—¡Ya ve qué tipo tan abusivo… ¡Dios nos ampare! —murmuró mi cochero.
Durante mucho tiempo después de esto continuamos la marcha sin detenernos sobre la blanca espesura, en el frío, luminoso y titilante crepúsculo de la tormenta de nieve.
Abro los ojos. La misma torpe gorra y la misma espalda, cubiertas de nieve, están de pie frente a mí; el mismo yugo de arco bajo, bajo el cual, entre las tensas riendas de cuero, la cabeza del caballo de vara se sacude arriba y abajo siempre a la misma distancia, con su crin negra soplada rítmicamente por el viento hacia un lado. Sobre su lomo a la derecha se alcanza a ver el caballo de huincha bayo con la cola atada corta y el balancín oscilante atrás golpeando de tanto en tanto contra la estructura del trineo. Si miro hacia abajo—la misma nieve crujiente arrancada por los patines del trineo y el viento levantándola persistentemente y llevándosela, siempre en la misma dirección.
Delante, el trineo principal avanza sin cesar, siempre a la misma distancia; a la derecha y a la izquierda todo es blanco e inestable. En vano busca el ojo algún objeto nuevo; ni un poste, ni un almiar, ni un seto—no se ve nada. En todas partes todo es blanco, blanco y en movimiento.
En un momento el horizonte parece inconcebiblemente remoto, al siguiente se cierra a dos pasos por todas partes. De repente, un muro alto y blanco se alza a la derecha y corre junto al trineo, luego de repente se desvanece y surge adelante, para huir cada vez más lejos y volver a desvanecerse.
Uno mira hacia arriba; al primer minuto parece que aclara; parece que se ven estrellas brillando a través de una bruma; pero las estrellas se alejan cada vez más de la vista, y uno no puede ver más que la nieve, que cae ante los ojos, en el rostro y en el cuello de la capa. Por todas partes el cielo es igualmente claro, igualmente blanco, incoloro, idéntico y en perpetuo movimiento.