sacrificio propio, constante amor mutuo y constante reconocimiento en todas las cosas de la benévola mano de la Providencia.
Llevé a cabo mi propósito de comulgar el día de mi cumpleaños.
Cuando volví de la iglesia aquel día, mi corazón rebosaba tanta felicidad que temía a la vida, temía cualquier sentimiento que pudiera irrumpir en esa felicidad.
Apenas habíamos bajado del coche para subir los escalones frente a la casa, cuando se oyó el ruido de unas ruedas en el puente y vi llegar a Sergéy Mikháylych en su conocido pescante. Me felicitó y fuimos juntos a la sala.
Desde que lo conocía, nunca me había sentido tan a gusto con él ni con tanta seguridad en mí misma como aquella mañana. Sentía dentro de mí todo un mundo nuevo fuera de su alcance y más allá de su comprensión. No experimenté la menor timidez al hablar con él.
Él debió de comprender la causa de este sentimiento, pues se mostró tierno y bondadoso más allá de su costumbre, y me trató con una especie de consideración reverente. Cuando me dirigí al piano, lo cerró con llave y se la guardó en el bolsillo.
—No arruines tu estado de ánimo actual —dijo—, ahora mismo llevas la música más dulce de todas en el alma.
Agradecí sus palabras, y sin embargo no me gustó del todo que comprendiera con tanta facilidad y claridad lo que debía haber sido un secreto exclusivo de mi corazón. En la cena dijo que había venido a felicitarme y también a despedirse; pues debía marchar a Moscú al día siguiente. Miró a Kátya mientras hablaba; pero luego me echó una furtiva ojeada, y vi que temía descubrir indicios de emoción en mi rostro.