Todo el tiempo que estuvo tirado en la cuneta, Stepán vio continuamente ante sus ojos el rostro delgado, bondadoso y asustado de María Semiónovna, y le pareció escuchar su voz.
«¿Cómo puedes hacerlo?», seguía diciendo ella en su imaginación, con su peculiar voz ceceante.
Stepán vio una y otra vez ante él todo lo que le había hecho. Con horror cerró los ojos y sacudió su peluda cabeza para ahuyentar esos pensamientos y recuerdos. Por un momento lograba deshacerse de ellos, pero en su lugar aparecían horribles rostros negros de ojos rojos que lo asustaban sin cesar.
Le sonreían con muecas y repetían una y otra vez: «Ahora que has acabado con ella, debes acabar contigo mismo, o no te dejaremos en paz».
Abrió los ojos y de nuevo la vio a ella y escuchó su voz; y sintió una inmensa compasión por ella y un profundo horror y repugnancia hacia sí mismo. Una vez más cerró los ojos y los rostros negros reaparecieron.
Al atardecer del día siguiente se levantó y fue, casi sin fuerzas, a una taberna. Allí pidió una copa y repitió sus pedidos una y otra vez, pero ninguna cantidad de licor lograba emborracharlo. Estaba sentado a una mesa y se tragaba en silencio un vaso tras otro.
Entró un agente de policía.
—¿Quién es usted? —le preguntó a Stepán.
—Soy el hombre que asesinó a todos los Dobrotvorov anoche —respondió él.