punta en la tierra. A Iván el trabajo le costó muchísimo, pero segó todo el prado, excepto un trocito que estaba en el pantano. El diablillo se metió en el pantano y pensó para sus adentros: «Aunque me corte las patas, no le dejaré segar».
Iván llegó al pantano. La hierba no parecía espesa, pero aun así resistía a la guadaña. Iván se enfadó y comenzó a blandir la guadaña con todas sus fuerzas.
El diablillo tuvo que ceder; no podía seguir el ritmo de la guadaña y, viendo que la cosa iba mal, se metió a gatas en un arbusto. Iván blandió la guadaña, atrapó el arbusto y le cortó la mitad de la cola al diablillo.
Luego terminó de segar la hierba, le dijo a su hermana que la rastrillara y se fue él mismo a segar el centeno. Fue con la guadaña, pero el diablillo rabón ya estaba allí y enredó el centeno de modo que la guadaña no servía para nada. Pero Iván se fue a casa, cogió su hoz, comenzó a segar con ella y segó todo el centeno.
“Ahora es el momento —dijo él— de empezar con la avena”.
El diablillo de rabo corto oyó esto y pensó: «No pude ganarle con el centeno, pero se la jugaré con la avena. Espera no más a mañana».
Por la mañana, el diablillo se apresuró hacia el campo de avena, ¡pero la avena ya había sido cortada! Iván la había cortado durante la noche para que se desgranara menos. El diablillo se enfureció.
“Me ha acribillado a cortes y me ha agotado; el muy idiota. Es peor que la guerra. El maldito idiota nunca duerme; uno no puede seguirle el ritmo. Ahora me meteré en sus pajares y se los pudriré”.
Así que el diablillo entró en el centeno, se arrastró entre las gavillas y estas empezaron a pudrirse. Las calentó, entró en calor él mismo y se quedó dormido.