«¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamó Nekhliúdov para sus adentros, mientras apresuraba el paso hacia su casa por las umbrías alamedas de su jardín cubierto de maleza, y, distraído, arrancaba las hojas y ramas que salían a su paso.
“¿Es posible que mis sueños sobre los fines y los deberes de mi vida sean pura tontería ociosa? ¿Por qué me resulta difícil y triste, como si estuviera insatisfecho conmigo mismo por haber imaginado que, habiendo emprendido una vez este camino, experimentaría constantemente la plenitud del sentimiento moralmente placentero que tuve cuando, por primera vez, acudieron a mí estos pensamientos?”.
Y con extraordinaria viveza y nitidez vio en su imaginación aquel momento feliz que había vivido un año antes.
Se había levantado muy temprano, antes que nadie en la casa, y sintiendo dolorosamente aquellos impulsos secretos e indescriptibles de la juventud, había salido sin rumbo al jardín, y de allí al bosque; y, en medio de la naturaleza enérgica pero tranquila que latía con la nueva vida del mes de mayo, había deambulado largo rato a solas, sin pensar, sufriendo por la exuberancia de algún sentimiento y sin encontrar ninguna expresión para él.
Entonces, con todo el atractivo de lo desconocido, su imaginación juvenil evocó ante él la forma voluptuosa de una mujer; y le pareció que aquel era el objeto de su anhelo indescriptible. Pero otro sentimiento más profundo decía: No es eso, y lo impulsaba a buscar y a inquietarse de espíritu.
Sin pensamiento ni deseo, como siempre sucede después de una actividad intensa, yacía de espaldas bajo un árbol, contemplando las nubes