Como era un delincuente de especial importancia, fue trasladado por separado y no se le permitió comunicarse con los demás; y solo en la prisión de Krasnoyársk logró por fin entablar cierta relación con otros presos políticos que también eran enviados a trabajos forzados. Eran seis: dos mujeres y cuatro hombres. Eran todos jóvenes de un nuevo tipo desconocido para Mezhenétsky. Eran revolucionarios de una generación más nueva —sus sucesores— y, por lo tanto, de un interés especial para él. Mezhenétsky esperaba encontrarlos siguiendo sus pasos y, por consiguiente, valorando muy alto lo que habían hecho sus precursores, y especialmente él mismo, Mezhenétsky. Estaba dispuesto a tratarlos con bondad y condescendencia, pero se llevó la desagradable sorpresa de descubrir que aquellos jóvenes no solo no lo consideraban un pionero y maestro, sino que lo trataban con algo parecido a la condescendencia, eludiendo y disculpando sus opiniones anticuadas. Según las opiniones de estos nuevos revolucionarios, todo lo que Mezhenétsky y sus amigos habían hecho —todos sus intentos de sublevar a los campesinos, y especialmente sus métodos terroristas y sus asesinatos del gobernador Kropótkin, Mezentsóf y aun de Alejandro II— había sido una serie de errores. Todos ellos no habían hecho más que contribuir al triunfo de la reacción bajo Alejandro III, que había retrocedido a la sociedad casi hasta los tiempos de la servidumbre. Según ellos, el verdadero camino era muy distinto.
Durante dos días y la mayor parte de dos noches, las disputas entre Mezhenétsky y sus nuevos conocidos apenas cesaron. Especialmente uno de ellos, su líder, Román (todos lo llamaban por su nombre de pila), afligía y dolía a Mezhenétsky por su inquebrantable seguridad de tener la razón, y por el rechazo despectivo e incluso