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nydus/Short FictionPublic
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IV

Negué con la cabeza sin mirarlo⁠—no quería dejar que viera los signos de emoción en mi rostro.

“Estarán aquí enseguida —dijo—; el caballo dio problemas y se bajaron a la carretera para volver a pie”.

—Esperemos a que vengan —dije, y salí al porche con la esperanza de que me siguiera; pero él preguntó por los niños y subió a verlos. Una vez más, su presencia y su voz sencilla y amable me hicieron dudar de si realmente había perdido algo. ¿Qué más podía desear? «Es bondadoso y afectuoso, un buen marido, un buen padre; ni yo misma sé qué más quiero». Me senté bajo el toldo del porche, en el mismo banco en el que me había sentado cuando nos comprometimos. El sol se había puesto, estaba oscureciendo, y una pequeña nube de lluvia primaveral se cernía sobre la casa y el jardín; solo detrás de los árboles el horizonte estaba despejado, con el fulgor moribundo del crepúsculo, en el que una estrella acababa de empezar a titilar. El paisaje, cubierto por la sombra de la nube, parecía aguardar la ligera llovizna primaveral. No soplaba ni una pizca de viento; ni una sola hoja o brizna de hierba se movía; el aroma de la retama y del cerezo silvestre era tan intenso en el jardín y en el porche que parecía que todo el aire estuviera en flor; llegaba en ráfagas, ora más intensas, ora más débiles, hasta que daban ganas de cerrar los ojos y los oídos y embriagarse únicamente con aquella fragancia. Las dalias y los rosales, que aún no habían florecido, se erguían inmóviles sobre la tierra negra del arriate, con el aspecto de crecer lentamente hacia arriba sobre sus estacas de madera blanca; al otro lado del barranco, las ranas aprovechaban al tiempo antes de que la lluvia las ahuyentara hacia el estanque, croando afanosas y sonoras. Solo el tono alto y continuo del agua que caía a cierta distancia se elevaba por encima de su croar.

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