Delesof experimentó una sensación desacostumbrada. Le parecía como si una banda de hielo, ora contrayéndose, ora expandiéndose, le presionara la cabeza. Las raíces de su cabello parecían dotadas de conciencia; le recorrieron escalofríos por la espalda, algo subía cada vez más por su garganta, su nariz y su paladar se llenaron de pequeñas agujas y las lágrimas le brotaron silenciosamente por las mejillas.
Se estremeció, intentó tragárselas y secárselas sin llamar la atención, pero nuevas lágrimas brotaron y le surcaron el rostro.
Por una extraña asociación de impresiones, las primeras notas del violín de Alberto transportaron a Delesof a su primera juventud.
Viejo antes de tiempo, cansado de la vida, un hombre destrozado, sintió de pronto como si volviera a ser un muchacho de diecisiete años, satisfecho de sí mismo y apuesto, felizmente tonto, inconscientemente dichoso. Recordó su primer amor por su prima, que vestía un traje rosa; recordó su primera declaración en el callejón de los tilos; recordó la calidez y el encanto inexpresivo del beso fortuito; recordó la inmensidad y el misterio