—No querrás decir que te has acostado a estas horas —dijo Albert con una sonrisa—. Yo he estado otra vez en casa de Anna Ivánovna. He pasado una velada muy agradable. Hubo música, contamos historias; había allí una compañía muy grata. Por favor, dame un vaso de algo para beber —añadió, cogiendo una jarra de agua que había sobre la mesa—, pero que no sea agua.
Albert estaba tal como había estado la noche anterior—los mismos encantadores ojos y labios sonrientes, la misma frente fresca e inspirada, y los rasgos débiles. El capote de Zájar le sentaba como si hubiera sido hecho a medida, y el cuello limpio, alto y almidonado de la camisa de etiqueta enmarcaba pintorescamente su delicado cuello blanco, confiriéndole un aspecto singularmente aniñado e inocente.
Se sentó en la cama de Delesof, sonriendo con placer y gratitud, y lo miró sin hablar. Delesof contempló los ojos de Albert y de pronto sintió que volvía a caer bajo el influjo de aquella sonrisa.
Todo deseo de dormir se desvaneció en él, olvidó su propósito de mostrarse severo: por el contrario, le entraron ganas de pasar un buen rato, escuchar música y conversar confidencialmente con Albert hasta la madrugada. Delesof le ordenó a Zajár que trajera una botella de vino, cigarrillos y el violín.
—Esto es excelente —dijo Albert—. Todavía es temprano, escucharemos un poco de música. Tocaré lo que gustes.
Zajár, con evidente satisfacción, trajo una botella de Lafitte, dos vasos, unos cigarrillos suaves de los que fumaba Albert, y el violín. Pero, en vez de irse a la cama como su bárin se lo había ordenado, encendió un puro y se sentó en la habitación de al lado.