—No le tendrás miedo a las ranas, ¿verdad? —preguntó él.
Me volví y lo miré. Justo donde estábamos había una brecha de un solo árbol en la avenida de tilos, ¡y pude ver su rostro con claridad: era tan apuesto y tan feliz!
Aunque había hablado de mi miedo a las ranas, yo sabía que quería decir: «¡Te amo, mi ser querido!».
«Te amo, te amo» era repetido por su mirada, por su brazo; por la luz, la sombra y el aire, todos repetían las mismas palabras.
Habíamos recorrido todo el jardín. Los cortos pasos de Kátya nos habían seguido el ritmo, pero ahora estaba cansada y sin aliento. Dijo que era hora de entrar; y a mí me dio mucha pena.
«¡Pobrecita —pensé—, por qué no se sentirá como nosotros? ¿Por qué no somos todos jóvenes y felices, como esta noche y como él y yo?»
Entramos, pero pasó mucho tiempo antes de que se fuera, aunque los gallos ya habían cantado, y todos en la casa dormían, y su caballo, atado bajo la ventana, relinchaba continuamente y pateaba los bardaganes.
Kátya nunca nos recordó la hora, y nos quedamos hablando de las naderías más insignificantes sin pensar en el tiempo, hasta pasada las dos. Los gallos cantaban por tercera vez y el alba rompía cuando él se marchó.
Se despidió como de costumbre y no hizo ninguna alusión especial; pero supe que desde ese día era mío, y que ya nunca lo perdería.
Tan pronto como hube admitido ante mí misma que lo amaba, puse a Kátya al corriente. Se alegró con la noticia y se conmovió por habérselo contado; ¡pero ella sí fue capaz —pobrecita!— de irse a la cama y dormir!