Tan solo pensad en lo que diría la gente que no es campesina si —aunque fuera una vez por semana— metieran a un vagabundo tan tiritando, hambriento, sucio y piojoso en cada uno de sus dormitorios! Pero los campesinos no solo los alojan, sino que les dan de comer y té, porque «el alma de uno no acepta nada a menos que los tenga a la mesa».
En las regiones más remotas de Sarátof, Tambóf y otras provincias, los campesinos no esperan a que el policía traiga a estos vagabundos, sino que siempre los reciben y alimentan por propia voluntad.
Y, como ocurre con todas las buenas acciones verdaderas, los campesinos lo hacen sin saber que están haciendo una buena obra; y, sin embargo, no es meramente una buena obra «para la propia alma», sino que tiene una importancia enorme para toda la sociedad rusa. Tiene tal importancia para la sociedad rusa porque, de no ser por esta población campesina y el sentimiento cristiano que vive tan fuertemente en ella, es difícil imaginar cuál sería la suerte, no solo de estos cientos de miles de vagabundos desdichados y sin hogar, sino de todos los acomodados —y en especial de los ricos que tienen sus casas en el campo—.
Solo es necesario ver el estado de privación y sufrimiento a que estos vagabundos sin hogar han llegado o han sido conducidos, e imaginar el estado mental en el que deben encontrarse, y comprender que es únicamente esta ayuda que les prestan los campesinos lo que los frena de cometer violencia, la cual sería de lo más natural en su situación, contra aquellos que poseen en superfluidad todas las cosas de las que estos desafortunados carecen para mantenerse con vida.
De modo que no son las organizaciones filantrópicas, ni el Gobierno con su policía y todas sus instituciones jurídicas, los que nos protegen a nosotros, los acomodados, de ser atacados por aquellos que vagan, fríos, hambrientos y sin hogar, tras haberse hundido —o, en su mayor parte, haber sido arrastrados— a las profundidades más bajas de la miseria y la