El buque ocupó su lugar en la fila de los alineados a lo largo del muelle, donde, codo con codo, se alzaban naves grandes y pequeñas, de todos los tamaños, formas y tipos, procedentes de todos los países del mundo. El Notre-Dame-des-Vents quedó entre un bergantín italiano y una goleta inglesa, que se habían apretado para hacer sitio a su nueva compañera.
En cuanto el capitán se hubo librado de los oficiales de aduanas y del puerto, dio permiso a la mayor parte de la tripulación para bajar a tierra por la noche.
Era una cálida noche de verano. Las calles de Marsella estaban iluminadas y exhalaban aroma a comida, un murmullo de conversaciones y el ruido del tráfico entremezclados con ecos de alegría.
Los marineros de Notre-Dame-des-Vents no habían pisado tierra firme en cuatro meses y ahora, al desembarcar, caminaban tímidos en parejas, como forasteros deshabituados a una ciudad.
Vagaban por las calles más cercanas al muelle, mirando a su alrededor como perros que olfatean en busca de algo. Hacía cuatro meses que no veían a una mujer.
Iba al frente Celestin Duclos, un tipo fuerte y ágil que siempre tomaba la iniciativa cuando bajaban a tierra. Sabía encontrar los lugares adecuados y cómo salir de un apuro cuando era necesario. Evitaba esas trifulcas en las que los marineros suelen meterse al bajar a tierra, pero seguía el ritmo de sus camaradas y sabía defenderse por sí mismo.
Durante algún tiempo los marineros deambularon por aquellas calles que bajan hacia el mar como cloacas, llenas de un olor sofocante que ascendía de sus sótanos húmedos y desvanes mohosos. Por fin Celestin eligió una callejuela estrecha donde grandes y prominentes faroles brillaban sobre las puertas de las casas, y se metió en ella. Los demás le siguieron, sonriendo y cantando.