existido ninguna otra relación entre nosotros.
Cuando se marchaba de casa, sobre todo al principio, me sentía sola, asustada y necesitaba con intensidad su apoyo; cuando volvía, corría a sus brazos con alegría, aunque dos horas después mi alegría se había olvidado por completo y no encontraba nada que decirle.
Solo en aquellos momentos de afecto silencioso y poco efusivo que a veces surgían entre nosotros, sentía que algo iba mal y un dolor en el corazón, y me parecía leer la misma historia en sus ojos. Era consciente de un límite en la ternura, que él al parecer no quería, y yo no podía, cruzar.
Esto me entristecía a veces; pero no tenía tiempo para reflexionar sobre nada, y mi pesar por un cambio que vagamente intuía intentaba ahogarlo en las distracciones que siempre tenía a mi alcance.
La vida mundana, que al principio me había deslumbrado por su brillo y los halagos a mi amor propio, se adueñó por completo de mi naturaleza, se convirtió en un hábito, me impuso sus cadenas y monopolizó mi capacidad de sentir.
No soportaba la soledad y temía reflexionar sobre mi posición.
Todo mi día, desde pasada la mañana hasta bien entrada la noche, estaba ocupado por las exigencias de la sociedad; incluso si me quedaba en casa, mi tiempo no me pertenecía. Esto ya no me parecía ni divertido ni aburrido, sino que me parecía que así, y de ningún otro modo, había tenido que ser siempre.
Así pasaron tres años, durante los cuales nuestras relaciones mutuas permanecieron inalteradas y parecieron adquirir una forma fija que ya no podía volverse ni mejor ni peor. Aunque en ese tiempo ocurrieron dos