De los recuerdos del príncipe Nejliúdov
20 de julio de 1857.
Ayer por la tarde llegué a Lucerna, y me alojé en el mejor mesón de allí, el Schweitzerhof.
«Lucerna, la principal ciudad del cantón, situada a orillas del Vierwaldstätter See —dice Murray—, es uno de los lugares más románticos de Suiza: aquí se cruzan tres importantes carreteras, y dista tan solo una hora en vapor del monte Righi, desde el cual se obtiene una de las vistas más magníficas del mundo».
Sea esto verdad o no, otros guías dicen lo mismo y, en consecuencia, en Lucerna hay muchedumbres de viajeros de todas las nacionalidades, especialmente ingleses.
El magnífico edificio de cinco plantas del Hotel Schweitzerhof está situado en el muelle, justo a la orilla del lago, donde antiguamente solía estar el puente de madera cubierto y torcido, con capillas en las esquinas y pinturas en el techo.
Ahora, gracias a la tremenda invasión de ingleses, con sus necesidades, sus gustos y su dinero, el viejo puente ha sido derribado, y en su lugar se ha levantado un muelle de granito, recto como una vara.
Sobre el muelle se alzan las largas y cuadrangulares casas de cinco plantas; frente a las casas se han plantado dos hileras de tilos provistas de soportes, y entre los tilos se encuentra la provisión habitual de bancos verdes.
Este es el paseo; y aquí, de un lado a otro, pasean las inglesas con sus sombreros de paja suiza y los ingleses con sus atuendos sencillos y