Si sucedía de vez en cuando que, de entre este centenar de seres humanos, dos se dirigían la palabra, el tema de su conversación consistía invariablemente en el tiempo o en la ascensión al Rigi.
Los cuchillos y tenedores apenas resonaban en los platos, tan perfecta era la observancia del decoro; y nadie se atrevía a llevarse a la boca los guisantes y las verduras de otro modo que no fuera con el tenedor. Los camareros, subyugados involuntariamente por el silencio universal, preguntaban en un susurro qué vino gustaba usted de ordenar.
Semejantes cenas invariablemente me deprimen: no me gustan y, antes de que terminen, me pongo melancólico. … Siempre me parece como si de algún modo fuera culpable; tal como cuando era niño me subían a una silla a causa de alguna travesura y me decían con ironía: «Ahora descansa un ratito, querido muchacho». Y todo el tiempo mi sangre joven latía por mis venas, y en la otra habitación podía oír los alegres gritos de mis hermanos.
Solía intentar rebelarme contra esta sensación de ahogo que experimentaba en tales cenas, pero en vano.
Todas estas caras de muertos vivientes ejercen un ascendiente irresistible sobre mí, y yo mismo me vuelvo también como uno de ellos. No tengo deseos, no tengo pensamientos: ni siquiera observo.
Al principio intenté entablar conversación con mis vecinos; pero no obtuve más respuesta que las frases que se habían repetido en aquel lugar cien veces, mil veces, sin la menor variación en el semblante.
Y sin embargo, estas personas no eran ni mucho menos estúpidas ni insensibles; sino que evidentemente muchas de ellas, aunque parecían tan muertas, habían adquirido el hábito de llevar vidas egoístas que en realidad eran mucho más complicadas e interesantes que la mía. ¿Por qué, entonces, habrían de privarse de uno de los mayores goces de la vida—el goce que proviene del trato de hombre con hombre?