—No, de algún modo la gente hoy en día es distinta. El otro estaba dispuesto a arrojarse al fuego por mí, y no sin motivo. Pero este, no lo dudes, duerme como un tonto, feliz de haber ganado; nada de devaneos con él. ¡Cómo solía decir de rodillas: «¿Qué deseas que haga? ¡Me mataría en el acto, o haría lo que gustes!»! Y se habría matado si se lo hubiera mandado.
De pronto oyó un rumor de pies descalzos en el pasillo, y Lisa, con un chal por encima, entró corriendo, pálida y temblorosa, y casi se dejó caer sobre la cama de su madre.
Tras dar las buenas noches a su madre aquella tarde, Lisa había ido sola a la habitación en la que su tío solía dormir. Se puso una bata blanca y, cubriendo su larga, espesa y trenzada cabellera con un chal, apagó la vela, abrió la ventana y se sentó, con los pies y todo, en una silla, fijando sus pensativos ojos en el estanque, ahora completamente brillante bajo la luz plateada.
Todas sus habituales ocupaciones e intereses se le aparecieron de repente bajo una nueva luz: su caprichosa y anciana madre, cuyo amor exento de juicios se había vuelto parte de su alma; el decrépito pero amable tío abuelo; los siervos domésticos y los de la aldea, que adoraban a su joven ama; las vacas lecheras y los terneros, y toda esta naturaleza, que había muerto y renacido tantas veces, en medio de la cual había crecido amando y siendo amada; todo esto que le había brindado un descanso tan fácil y placentero a su espíritu, de pronto le pareció insatisfactorio; le pareció aburrido e innecesario. Era como si alguien le hubiera dicho: «Tontita, tontita, ¡durante veinte años has estado perdiendo el tiempo, sirviendo a alguien sin saber por qué, y sin saber qué son la vida y la felicidad!». Eso era lo que pensaba, mientras contemplaba las profundidades del jardín iluminado por la luna y estático, con más intensidad, con mucha más intensidad de lo que lo había pensado jamás. ¿Y qué había provocado estos pensamientos? No un repentino amor por