que había en alguna parte, no sabía dónde, una felicidad diferente, no mayor, pero sí diferente.
Pasaron así dos meses y llegó el invierno con sus fríos y sus nieves; y, a pesar de su compañía, empecé a sentirme sola, a notar que la vida se repetía, que no había nada nuevo ni en él ni en mí, y que no hacíamos más que retroceder a lo que había sido antes.
Empezó a dedicarle más tiempo a los negocios, lo que lo mantenía alejado de mí, y volvió mi vieja sensación de que había una sección especial en su mente en la que no estaba dispuesto a admitirme. Su inalterable calma me irritaba.
Lo amaba tanto como siempre y era tan feliz como siempre en su amor; pero mi amor, en vez de aumentar, se estancaba; y una nueva y desasosegante sensación comenzó a deslizarse en mi corazón.
Amarlo no me bastaba después de la dicha que había sentido al enamorarme. Quería movimiento y no un curso apacible de existencia. Quería emoción y peligro y la oportunidad de sacrificarme por mi amor.
Sentía en mí una superabundancia de energía que no encontraba salida en nuestra vida tranquila. Tenía arrebatos de depresión de los que me avergonzaba y trataba de ocultarle, y ataques de excesiva ternura y euforia que lo alarmaban.
Él advirtió mi estado de ánimo antes que yo, y me propuso una visita a Petersburgo; pero le rogué que desistiera y que no cambiara nuestro modo de vida ni estropeara nuestra felicidad. Feliz era, en verdad; pero me atormentaba la idea de que esta felicidad no me costaba ningún esfuerzo ni ningún sacrificio, aunque era dolorosamente consciente de mi capacidad para afrontar ambos. Lo amaba y veía que yo lo era todo para él; pero quería que todos vieran nuestro amor; quería amarlo a pesar de los obstáculos. Mi mente, e