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nydus/Short FictionPublic
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Jodinka

Su corazón estaba dividido entre el miedo —miedo por sí mismo y por su propia vida— y la ira contra aquellas criaturas salvajes que lo empujaban. A pesar de esto, el propósito con el que había partido —llegar a las tiendas de campaña y hacerse con un paquete que contenía un billete de lotería— aún lo arrastraba hacia adelante.

Las tiendas estaban ya muy cerca. Podía distinguir con toda claridad a los distribuidores y oír los gritos de los que habían llegado a las tiendas y el crujido de las tablas sobre las que se agolpaba la gente de delante.

Emelian tropezó. Le quedaban apenas unos veinte pasos por andar cuando oyó el grito de un niño bajo sus pies, o mejor dicho, entre ellos.

Emelian miró hacia abajo y vio a un muchacho descalzo y con la cabeza descubierta, en camisa rota, tendido boca abajo, que lloraba incesantemente y se aferraba a sus piernas. Sintió que el corazón se le detenía.

Todo temor por sí mismo desapareció de inmediato y con él su ira contra los demás. Le dio lástima el muchacho y, agachándose, lo rodeó con el brazo por la cintura, pero los que iban detrás lo empujaban con tanta violencia que por poco se cae y suelta al niño.

Reuniendo sus fuerzas para un esfuerzo supremo, lo volvió a coger y lo alzó sobre sus hombros. Por un momento la aglomeración disminuyó y Emelian se las arregló para poner a salvo al niño.

—¡Dámelo! —gritó un cochero que estaba al lado de Emelián, y tomando al muchacho, lo levantó por encima de la multitud.

“Atropella a la gente”.

Mirando hacia atrás, Emelián vio cómo el niño se alejaba cada vez más, por encima de las cabezas y los hombros de la masa oscilante, ya elevándose sobre ella, ya desapareciendo en la multitud.

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