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nydus/Short FictionPublic
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III

XVIII, que ya había muerto. Sentí lástima de que Nikánor Ivánov no estuviera allí para poder demostrarle cuán benévolamente dispuesto me sentía hacia él.

María Martemnowna me trajo una gran cantidad de velas para que pueda escribir por la noche.

Acabo de salir.

A la izquierda, las estrellas ya se habían fundido en la gloriosa luz de la aurora boreal.

¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!

Debo continuar.

Mi padre y mi madre emprendieron sus viajes al extranjero y mi hermano Constantino y yo nos quedamos al cuidado absoluto de nuestra abuela. Mi hermano, que nació dos años después que yo, había sido bautizado con el nombre de Constantino con la esperanza de que algún día se convirtiera en el Emperador de Constantinopla.

Los niños cogen cariño a la gente con facilidad, especialmente a quienes son amables con ellos. Mi abuela era muy simpática conmigo, me hacía mucho caso y yo la quería a pesar de un olor sumamente repugnante que parecía envolverla siempre. Los aromas penetrantes no lograban disimular este olor; yo solía notarlo en particular cuando me sentaba en sus faldas. Me repelían aún más sus manos limpias y amarillentas, cubiertas de arrugas, tan brillantes y resbaladizas, con los dedos curvados y las uñas antinaturalmente largas. Sus ojos lánguidos y sin brillo, que parecían casi muertos, y la sonrisa que jugueteaba en torno a su boca sin dientes, producían un efecto agobiante, aunque no del todo desagradable, en quienes la veían.

2019