“¡E-e-j! ¡bienhechor! ¿Es posible que alguien venga a nosotros por propia voluntad, viendo nuestra forma de vida, nuestra miseria? Ni la mujer de un soldado querría pasar por tanta necesidad. ¿Qué campesino nos daría a su hija? No es de esperar. Veo que estamos en lo más hondo de la pobreza. Dirán: ‘Ya que hicisteis morir a una de hambre, lo mismo pasará con mi hija’. ¿Quién nos la va a dar? —añadió, sacudiendo la cabeza con duda—. Denos su consejo, excelencia”.
—Bueno, ¿qué puedo hacer?
—Piense en alguien para nosotros, amable señor —repitió Arína con urgencia—. ¿Qué vamos a hacer?
“¿Cómo voy a pensar en nadie? Tal como están las cosas, no puedo hacer absolutamente nada por ti”.
—¿Quién nos ayudará si no lo hace usted? —dijo Arína, inclinando la cabeza y abriendo las palmas de las manos con una expresión de melancólica inconformidad.
—Aquí piden grano, y por lo tanto daré órdenes de que se les entregue —dijo el príncipe tras un breve silencio, durante el cual Arína suspiró y Davídka la imité—. Pero no puedo hacer nada más.
Nejlúdov pasó a la entrada. Madre e hijo con profundas reverencias siguieron al príncipe.