Pero apenas había dado unos pocos pasos cuando el diácono salió de su casa. Ya estaba amaneciendo, y vio que Prokofy se llevaba su grada.
—Oiga, ¿qué es eso? —exclamó el diácono.
Los vecinos salieron corriendo de sus casas. Prokofy fue apresado, llevado a la comisaría y luego condenado a once meses de prisión.
Era otoño, y Prokofy tuvo que ser trasladado al hospital de la prisión. Tosía fuertemente; su pecho se agitaba por el esfuerzo; y no lograba entrar en calor. Los que eran más fuertes se ingeniaban para no temblar; Prokofy, por el contrario, temblaba día y noche, ya que el director no encendía las estufas del hospital hasta noviembre, para ahorrar gastos.
Prokofy sufrió mucho en el cuerpo, y más aún en el alma. Le repugnaban sus circunstancias y odiaba a todos: al diácono, al administrador que no encendía las estufas, al guardia y al hombre que yacía en la cama contigua a la suya, el cual tenía un labio rojo e hinchado.
Empezó a odiar también al nuevo recluso que trajeron al hospital. Este recluso era Stepán. Padecía alguna enfermedad en la cabeza, por lo que fue trasladado al hospital y lo acostaron en una cama al lado de la de Prokofy.
Al cabo de un tiempo, ese odio hacia Stepán se transformó y Prokofy, por el contrario, le tomó un gran cariño; le encantaba hablar con él. Solo después de charlar con Stepán su angustia cesaba por un momento. Stepán siempre le contaba a todo el que encontraba su último asesinato y la impresión que le había causado.
— lejos de chillar, ni nada por el estilo —le dijo a Prokofy—, no se movió. «¡Mátame! Aquí estoy —dijo—. Pero no es mi alma la que destruyes, es la tuya».
—Bueno, por supuesto, es muy terrible matar. Tuve un día que degollar a una oveja, y aun eso me volvió medio loco. Yo no he destruido ninguna