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nydus/Short FictionPublic
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II

Entre tanto, llegó la primavera. Mi viejo abatimiento se desvaneció y dio paso a la inquietud que la primavera trae consigo, llena de sueños, vagas esperanzas y deseos.

En vez de vivir como lo había hecho a principios de invierno, leía, tocaba el piano y le daba lecciones a Sónya; pero también iba con frecuencia al jardín y vagaba durante largo rato a solas por los paseos, o me sentaba allí en un banco; y Dios sabe cuáles eran mis pensamientos, mis deseos y mis esperanzas en esos momentos.

A veces por la noche, sobre todo si había luna, me sentaba junto a la ventana de mi dormitorio hasta el alba; a veces, cuando Kátya no miraba, me escapaba al jardín ataviada tan solo con una bata y corría por el rocío hasta el estanque; y una vez fui hasta los campos abiertos y di toda la vuelta al jardín a solas por la noche.

Me resulta difícil ahora recordar y comprender los sueños que entonces llenaban mi imaginación. Aun cuando puedo recordarlos, me cuesta creer que mis sueños fueran exactamente así: eran tan extraños y tan ajenos a la vida.

Sergéy Mikháylych cumplió su promesa: regresó de sus viajes a finales de mayo. Su primera visita a nosotros fue por la tarde y resultó del todo inesperada. Estábamos sentados en la galería, preparando el té. Por entonces el jardín estaba completamente verde, y los ruiseñores se habían instalado en los frondosos linderos para todo el ayuno de San Pedro. Las copas de las matas de lilas redondas tenían un salpicado de blanco y púrpura, señal de que sus flores estaban listas para abrirse. El follaje de la avenida de abedules se veía totalmente transparente a la luz del sol poniente. En la galería había sombra y frescor. El rocío de la tarde caía

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